lunes, 18 de junio de 2007

EL DESODORANTE Y LA CARTA

A la edad de doce años me había enamorado de mi vecina. Una niña java, con pinticas en los buches y un cabello más malo que el brillo de fregar los calderos de la comida, andaba con su vestido blanco los domingos y sus zapatillas con medias de bolitas. Pero mis ojos solo veía sus lindos ojos, sus labios tiernos y sus dientes sin caries. Para mi era la reencarnación de la “Princesa Aurora” (la tipa que tenia vuelto loco al galáctico, el hombre que andaba con un cintillo en la cabeza por el cual ella lo amansaba, primer superhéroe gobernao por una mujer) y nadie podía decirme lo contrario.

El caso fue que en una ocasión decidí escribirle una carta de amor pues estábamos en víspera de San Valentín (jodio día que para lo único que sirve es para mortificar los pobres hombres con el regalo para las mujeres), y no sabía que hacer para que fuera una carta única.

Frustrado por los muñequitos de “Candy” y las novelas de aquel entonces como “Rubi”, “Alcanzar una estrella”, “La niña de la mochila azul” y “Señorita Maestra”, decidí que la carta debería ser perfumada para que ella la guardara por el resto de su vida.

Como era muy niño y no usaba perfume decidí usar lo único que olía bien, “UN DESODORANTE”. Usé el desodorante “Pétalos” de mi madre y lo sobe en esa carta cual sobaco jediondo. Al finalizar, la carta estaba tan empapada con el desodorante, que había que esperar que se secara para poderla enviar así que decidí tenderla en el cordel del patio por algunos minutos.

Me distraje un poco viendo “Mi Pequeño Pony”, y me entristecí con “La Ranita de Metan”. Luego de un rato caí en un profundo sueño (Siempre me pasaba cuando veía “Arcoíris Renbunbrai”). Unas risas estrepitosas me despertaron.

En la cocina de la casa estaban mi hermana mayor, mi hermano, mi prima, mi primo, una tía bica, la novia de un primo lejano, mi madre, mi padre, el amigo de mi hermano, la hermana de mi novia, un vecino que no conocía, el hijo del vecino, el amigo del hijo del vecino. Bueno mucha, gente. Todos alrededor de un papel hediondo de desodorante “Pétalos” duro como una hoja de zinc y con unas sonrisas y carcajadas que retumbaban en el lugar. Me miraron por encima del papel y mi hermano, exclamo: “Diablo, que pendejo tu ta”.

Desde ese día todos sabían que éramos novios y como novios escondidos al fin tuvimos que terminar porque no tenía gracia en aquel entonces mantener una relación formal pues por el hecho de ser tan jóvenes no lo consentiría su padre que era evangélico.

1 comentario:

Josefina dijo...

Querido monje,

Entiendo muy bien lo de la carta. Me hace recordar el tiempo en que fui celestina de amores clandestinos, convirtiendome en Cyrano de Bergerac al escribir cartas para otros. SOlia cobrar la modica suma de un chocolate o un pastelito ( cinco centavos en ese entonces) hasta que me descubrieron el negocio y se suspendio. Por eso no me rio con el cuento famoso de la pareja de recien casados cuando ella, luego de leer el periódico le dice a su esposo: "Oye mi amor, por ahí anda un tal Neruda copiando las poesías que me escribías cuando eramos novios y hasta las publicó"

JM